Hace unas semanas doné más de 150 libros que había acumulado durante años. Libros de economía, liderazgo, coaching, filosofía, desarrollo personal y algunas novelas. Muchos de ellos me acompañaron en distintas etapas de mi vida.
Mientras los ordenaba para entregarlos, inevitablemente terminé hojeando algunos y releyendo párrafos que había subrayado, reencontrándome con ideas que alguna vez me hicieron sentido y con otras que hoy, después de tantos años, miro de manera diferente.
Entre esos párrafos, me encontré con el siguiente:
«Quizás lo peor que puedes hacer si quieres tener éxito financiero es criticar a otras personas que lo están haciendo bien o que están ganando más que tú. Ese comportamiento se basa generalmente en la envidia y el resentimiento, dos de las peores emociones negativas. Elimina toda esperanza de éxito en tu vida».
Aunque no lo recordaba, a los pocos segundos me volvió a la memoria y me quedé pensando. Mi foco no estuvo en su referencia al éxito financiero, sino en algo con lo que discrepo profundamente: calificar la envidia y el resentimiento como emociones negativas.
Hace tiempo que dejé de creer que existan emociones positivas o negativas. Las emociones simplemente son. Forman parte de nuestra condición humana y nos entregan información sobre cómo estamos experimentando e interpretando lo que nos sucede.
La rabia puede llevarnos a agredir a alguien, pero también puede movilizarnos para enfrentar una injusticia. El miedo puede paralizarnos, pero también ayudarnos a reconocer un peligro. Y la envidia puede llevarnos a descalificar a otra persona o a preguntarnos qué podríamos aprender de ella.
No es la emoción por sí sola lo que determina el resultado. Es nuestra manera de relacionarnos con ella y lo que hacemos a partir de ella.
Y mientras reflexionaba sobre esto, recordé dos momentos de mi propia vida en relación con el resentimiento y la envidia.
Cuando era niño, entre 8 y 10 años, alguna vez le pregunté a mi papá por qué el presidente de la república no les quitaba parte del dinero a todos los ricos y lo repartía entre los chilenos.
Desde mi mirada infantil e ingenua, parecía bastante lógico. Si algunos tenían mucho y otros muy poco, ¿por qué no repartirlo? Mi viejo, bien socialista en su forma de pensar, pero bien asertivo al mismo tiempo, me respondió algo así como que podía ser una idea lógica, pero que en la práctica no funciona de esa manera.
Años después, cuando entré a estudiar ingeniería comercial, me encontré con una realidad que me hizo experimentar estas diferencias de manera mucho más cercana.
La gran mayoría de mis compañeros provenía de familias de altos o muy altos ingresos. Muchos llegaban en sus propios autos, recibían mesadas bastante generosas y tenían acceso a cosas que para mí estaban fuera de alcance.
Mi realidad era diferente. Mi papá era empleado público y mi mamá, periodista. Nunca nos faltó nada, pero tampoco tuvimos lujos. Mi presupuesto universitario alcanzaba para la micro y el almuerzo, por lo que para financiar mis cosas trabajé como mozo, mostré propiedades, repartí pedidos de un restaurante y administré un mini market en Las Condes los fines de semana.
¿Sentí envidia? Sí, en ocasiones. ¿Algo de resentimiento? Probablemente también, y no tengo problemas en reconocerlo. Como mencioné, las emociones son naturales. Pero nunca sentí que mis compañeros merecieran perder lo que tenían, ni mucho menos que yo tuviera que perjudicarlos para sentirme mejor. En el fondo, no me dejé llevar por dicha emoción.
Con el tiempo, estudiar economía (con profes "Chicago Boys") y asistir voluntariamente a cátedras de filosofía me ayudaron a ampliar mi mirada, cuestionar mis propias creencias y desarrollar pensamiento crítico. Así, comencé a comprender algo que hoy me parece fundamental: puedo estar en desacuerdo con una realidad sin permitir que ese desacuerdo gobierne mi vida y menos mi sentir.
Y quiero compartir un ejemplo concreto que quizás genere controversia.
Hace ya 27 años, cuando salí de la universidad, ya tenía una mirada bastante crítica sobre el sistema de AFP en Chile. De hecho lo discutía directamente con un profesor que era gerente en una de ellas. Y hoy, con todos los cambios que les han hecho, sigo teniendo esa mirada crítica sobre ellas.
Yo entiendo y comparto plenamente el principio de ahorrar e invertir para financiar nuestras futuras pensiones, y como motor financiero de la economía del país, pero creo que el sistema podría funcionar mucho mejor. Por ejemplo, me gustaría ver más competencia, mayores alternativas y más libertad para que las personas decidan dónde invertir sus ahorros previsionales obligatorios. Ya que nos obligan, al menos que nos dejen elegir dónde hacerlo, digo yo.
Y aunque entiendo la molestia e incluso rabia que genera ver a las AFP obtener utilidades mientras los ahorros previsionales de sus afiliados atraviesan períodos de pérdidas, hace años reflexioné al respecto.
En lugar de quedarme solamente criticando el sistema, me pregunté: ¿qué podía hacer yo con esa realidad? ¿Yo, Rodrigo Silva, puedo cambiar el sistema; tengo algún poder o autoridad para hacerlo? Mi respuesta práctica y honesta fue "no".
Luego, usando el pensamiento crítico adoptado en las cátedras de filosofía, decidí hacer algo que a algunos les puede parecer contradictorio: invertí en acciones de algunas de las principales AFP. De esa manera, además de mantener mis críticas al sistema, comencé a participar como accionista y a recibir dividendos año a año. Me dije: si ellas ganan plata, yo también.
No cuento esto para recomendar la compra de esas acciones ni para defender a las AFP. Y mucho menos para decir que esa sea la solución al problema previsional chileno, porque no lo es. Tan solo fue mi manera de dejar de relacionarme con el sistema únicamente desde la crítica, e incluso desde un poco de resentimiento e impotencia. Comencé a identificar qué posibilidades de acción tenía dentro de él.
Lo cuento como ejemplo porque representa una distinción que considero esencial:
Una cosa es reaccionar frente a aquello que nos molesta. Otra muy distinta es desarrollar la capacidad de responder conscientemente.
Y aquí vuelvo al resentimiento.
Vivimos en un país donde las diferencias económicas y sociales son una realidad. Donde existen desigualdades que merecen ser absolutamente discutidas y situaciones injustas que debemos intentar transformar. Pero me pregunto cuántas veces cruzamos una frontera casi imperceptible: dejamos de reflexionar para comenzar a resentir a quienes tienen más, piensan distinto o han conseguido aquello que nosotros todavía no logramos o no tenemos.
¿Cuántas veces nos molesta más el éxito ajeno que nuestra propia falta de resultados? ¿Cuántas veces preferimos desacreditar al otro antes que preguntarnos qué podríamos aprender de su experiencia?
Y esto no tiene clase social, profesión ni color político. Lo he observado y sigo observando a diario en las organizaciones con las que trabajo también:
El colaborador que desacredita al compañero que fue ascendido o a la compañera que tomó un puesto gerencial.
El ejecutivo que no soporta que otra gerencia obtenga mejores resultados.
El líder que se siente amenazado porque alguien de su equipo tiene más talento o conocimientos que él.
Y con eso no quiero negar que también existen ascensos injustos, favoritismos y abusos. Cuestionarlos es legítimo y muy necesario. Pero hay una diferencia enorme entre enfrentar una injusticia y vivir resentido por ella.
He aprendido que el resentimiento no disminuye el éxito de quien envidiamos, pero puede terminar limitando nuestras propias posibilidades de crecer.
No porque exista alguna fuerza misteriosa que aleje las oportunidades, sino porque nuestra atención, nuestros pensamientos y nuestras conductas y acciones pueden comenzar a orientarse hacia aquello que rechazamos, en lugar de hacia aquello que podemos construir.
Y todavía hay algo más profundo. El resentimiento puede convertirse en una fuente persistente de sufrimiento y malestar personal.
Si bien el sufrimiento forma parte inevitable de la experiencia humana, también he aprendido que, en ocasiones, podemos prolongar nuestro sufrimiento por la manera en que seguimos relacionándonos con aquello que lo generó. No siempre somos conscientes de ello, ni siempre tenemos la capacidad inmediata de cambiarlo. Sin embargo, podemos desarrollarla.
En la mayoría de los casos, aunque el hecho ya pasó, seguimos reviviéndolo, alimentando el resentimiento y el sufrimiento.
Y esto no lo digo solamente desde lo que he estudiado y aprendido, ni desde mi experiencia como coach. Lo digo también desde una vivencia personal que me marcó profundamente.
En 1985, con 10 años, recibí una tremenda paliza por parte de agentes de la CNI durante un allanamiento a nuestra casa. Durante años sentí rabia, resentimiento. Lo que ocurrió fue una injusticia absoluta. Pero con el tiempo fui comprendiendo que mantener vivo ese resentimiento no iba a cambiar lo sucedido. Tampoco iba a castigar a quienes me habían hecho daño. Quien seguía cargándolo era yo.
Repetimos los sucesos en la cabeza, nos aferramos a la injusticia y mantenemos viva una historia que continúa haciéndonos daño. Hoy, 41 años después, veo a personas cercanas que todavía sufren por experiencias de aquella época. Y lo comprendo. Cada persona tiene su propia historia y sus propios tiempos.
Personalmente, mi experiencia me enseñó algo: dejar de alimentar el resentimiento o la rabia no significa justificar lo ocurrido, olvidar ni renunciar a la justicia. Significa intentar que aquello que nos hicieron no siga determinando cómo vivimos.
Tengo claro que tampoco es sencillo dejar de hacerlo. Lo paradójico es que, a veces, creemos que mantener vivo el resentimiento es una manera de defendernos, cuando puede terminar convirtiéndose en una forma de seguir haciéndonos daño.
El resentimiento se parece a una deuda que creemos que otro tiene con nosotros, pero cuyos intereses seguimos pagando nosotros mismos.
Para cerrar, no creo que el resentimiento sea una emoción negativa. Tampoco creo que debamos sentirnos culpables por experimentarlo. Pero sí creo que necesitamos aprender a reconocerlo, comprender qué nos está mostrando y evitar que termine gobernando nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra vida.
Esto implica recuperar la libertad de elegir cómo queremos responder. No se trata de controlar todo lo que sentimos, sino de desarrollar la capacidad de no actuar automáticamente desde aquello que sentimos. En el fondo, eso es lo que yo entiendo por liderazgo interior.
Quizás, después de todo, el mayor costo del resentimiento no sea lo que nos impide conseguir, sino el sufrimiento que nos hace seguir cargando.
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