Frases

“No se cambian las cosas combatiendo la realidad actual. Para cambiar algo, es necesario crear un nuevo modelo, uno distinto que haga que el actual modelo quede obsoleto".

Richard Buckminster Fuller

sábado, 17 de octubre de 2026

Coaching ficción a la élite política chilena


Coaching ficción a la élite política chilena
Una conversación sobre la confianza ciudadana, el poder y aquello que no estamos dispuestos a perder.

Hay algo que me llama profundamente la atención de la política chilena. Da lo mismo si escuchamos a representantes de izquierda, de centro o de derecha. Prácticamente todos hablan de recuperar la confianza de la ciudadanía, de trabajar por el país y de poner a las personas en el centro de sus decisiones.

Sin embargo, basta observar lo que ocurre durante un período electoral para preguntarse cuánto de ese discurso se traduce realmente en decisiones.

¿Y si el problema no fuera solamente la falta de confianza de los ciudadanos, sino algo bastante más profundo?

¿Y si quienes ejercen el poder estuvieran atrapados en una contradicción que, de alguna manera, también contribuyen a mantener?

El 8 de abril de 2015 escribí una ficción en la que imaginaba a la élite política chilena sentada frente a un coach. Hoy quiero retomar aquella idea y explorarla desde una metodología que ha marcado profundamente mi manera de comprender el cambio humano: la Inmunidad al Cambio, desarrollada por Robert Kegan y Lisa Lahey.

Imaginemos, entonces, que toda esa clase política pudiera encarnarse en una sola persona. Una persona que representa ciertas conductas y contradicciones presentes en el ejercicio del poder, sin pretender que todos los políticos sean iguales ni que compartan las mismas motivaciones.

La llamaré, simplemente, Élite Política.

Y esta podría ser nuestra conversación de Coaching

 

Una visita inesperada

Elite llegó unos minutos atrasado. Entró hablando por teléfono y, antes de saludarme, hizo un gesto con la mano pidiéndome que esperara.

—Sí, sí, lo vemos después. Pero que no salga nada todavía, ¿ya? Hablamos.

Cortó la llamada, guardó el teléfono y se sentó.

—Perdona, Rodrigo. Está complicado el ambiente.

—¿Qué está pasando?

—Lo de siempre. Críticas, encuestas, gente molesta. Uno intenta hacer las cosas y parece que nunca es suficiente.

Le pregunté qué lo había llevado a buscar esta conversación.

—Mira, te lo voy a decir directamente. Tenemos un problema serio de credibilidad. La gente ya no nos cree. Y eso está haciendo cada vez más difícil nuestro trabajo.

—¿Y qué te gustaría conseguir aquí?

—Entender cómo recuperar esa confianza. Cómo volver a conectar con las personas.

—¿Para qué?

Me miró con cierta extrañeza.

—¿Cómo que para qué?

—Sí. ¿Qué sería posible para ti si recuperaras esa confianza?

—Bueno, muchas cosas. Tendríamos más apoyo, podríamos impulsar nuestros proyectos, avanzar con las reformas...

Se detuvo un momento.

—Y, por supuesto, seguir teniendo representación pública.

—¿Qué tan importante es eso último para ti?

—Fundamental. Porque si quedamos fuera, no podemos hacer nada.

—¿Fuera de dónde?

—Del Congreso, del gobierno, de los lugares donde se toman las decisiones.

—OK. Entiendo.

Hubo una pausa.

—Pero no pienses que se trata solamente de mantener los cargos —agregó, como queriendo disculparse—. Estamos hablando de poder hacer cosas por Chile.

No cuestioné su respuesta. Le propuse que siguiéramos conversando.

 

El problema de la confianza

—Cuéntame, ¿qué han hecho hasta ahora para recuperar esa credibilidad?

—De todo. Hemos cambiado nuestra comunicación, salido a terreno, escuchado más a la gente. Tratamos de estar presentes, de entender sus preocupaciones.

—¿Y cómo les ha ido?

—A ratos bien. Especialmente durante las campañas. Ahí se produce algo distinto, hay más cercanía, más entusiasmo.

—¿Y después?

Sonrió, aunque no parecía particularmente divertido.

—Después viene la realidad poh.

—¿Qué realidad?

—Que gobernar es mucho más difícil que hacer campaña. Hay restricciones, negociaciones, intereses cruzados. La gente no siempre entiende eso.

—Puede ser. ¿Y tú crees que ustedes siempre lo explican?

—Lo intentamos.

—¿Siempre?

Se quedó callado unos segundos.

—No. No siempre.

Me habló de las dificultades para transmitir decisiones complejas, de los costos electorales de ciertas medidas y de la presión permanente por responder a las demandas ciudadanas.

En algún momento dijo algo que me pareció importante.

—El problema es que hoy cualquier cosa que hagas puede transformarse en un costo político.

—Ajá. Eso me parece bien pertinente ¿Y qué haces cuando eso ocurre?

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto cueste.

Me quedé mirándolo.

—Políticamente, me refiero —aclaró.

—¿Y si algo es necesario para el país, pero tiene un costo político alto?

Suspiró.

—Ahí empieza el problema pues—dijo casi como suspirando.

 

Lo que queremos y lo que hacemos

Le propuse un ejercicio.

—Por un momento, dejemos fuera las encuestas, las redes sociales y las elecciones. Si pudieras cambiar algo de tu manera de ejercer la política, algo que dependiera realmente de ti, y que generara un impacto positivo en el país, ¿qué te gustaría cambiar?

Pensó un rato.

—Me gustaría que hubiera más coherencia.

—¿Entre qué cosas?

—Entre lo que decimos y lo que hacemos. Creo que ese es uno de nuestros grandes problemas.

—¿Y en tu caso?

—También. Por supuesto.

—¿Cómo sería actuar con esa coherencia?

—Tomar las decisiones que corresponden, aunque no siempre sean populares. Decir las cosas como son. No prometer lo que sabemos que no podemos cumplir.

—¿Eso es algo que realmente quieres desarrollar?

—Sí. Creo que lo necesitamos.

Le pasé una hoja y le pedí que lo escribiera con sus propias palabras.

Después de algunas correcciones, quedó algo así:

«Quiero actuar con mayor coherencia y poner el interés del país por delante de mi conveniencia política».

Leyó la frase en voz baja.

—Suena bonito, ¿no?

—¿Qué te pasa con ella?

—Que es lo que deberíamos hacer.

—No te pregunté qué deberían hacer. Te pregunté qué te pasa a ti.

Se rio.

—Bueno, que me gustaría hacerlo. Pero también hay que ser realistas, Rodrigo. No puedo actuar como si las elecciones no existieran.

—Por supuesto que existen. Sin embargo insisto, ¿qué te pasa a ti al leerte y escucharte?

Silencio.

—Incomodidad. ¡Es que tampoco voy a suicidarme políticamente!

—Entiendo. Entonces veamos cómo conviven esas dos cosas.

 

Las pequeñas renuncias

Le pedí que identificara algunas conductas concretas que fueran en contra de ese objetivo.

Al principio le costó.

—Es que esto no es tan simple. Hay muchas variables.

—No dudo de eso. Pero trata de mirar lo que haces tú, no lo que hacen los demás.

Pensó unos momentos.

—Bueno... a veces respaldo propuestas con las que no estoy completamente de acuerdo.

—¿Por ejemplo?

—Proyectos que sabemos que tienen problemas. A veces problemas importantes. Pero que cuentan con apoyo ciudadano.

—¿Y qué haces cuando sabes que una propuesta tiene esos problemas?

—Intento corregirla.

—¿Y si no puedes?

—Depende del momento.

Volvió a aparecer esa palabra.

—¿De qué depende?

—Del costo de oponerse.

Seguimos explorando.

Reconoció que en ocasiones prometían resultados sin explicar adecuadamente las dificultades para conseguirlos, ni menos los costos sociales futuros. Que preferían impulsar medidas de efecto inmediato antes que otras cuyos beneficios podían tardar años. Que muchas veces evitaban cuestionar públicamente a integrantes de sus propios sectores.

—¿Por qué?

—Porque después tienes que seguir trabajando con ellos. No puedes dinamitar todas las relaciones.

—Tiene sentido cuidar las relaciones. ¿Y qué ocurre cuando esa necesidad entra en conflicto con una decisión que consideras correcta?

—A veces terminas guardando silencio.

—¿Y otras veces?

—Terminas votando algo que, en el fondo, no te convence.

Hubo otra pausa.

—También hacemos acuerdos —agregó—. Algunos son necesarios. Sin acuerdos no se puede gobernar.

—¿Y otros?

Me miró fijamente.

—Otros tienen bastante menos que ver con el país.

—¿Con qué tienen que ver?

—Con mantener espacios, apoyos, posiciones. Tú sabes cómo funciona esto.

—Prefiero que me lo cuentes tú.

Se acomodó en el asiento.

—A veces apoyas algo porque sabes que después vas a necesitar que te apoyen a ti. O evitas tocar ciertos temas porque nadie quiere abrir ese conflicto.

—¿Y quién termina pagando el costo de esas decisiones?

No respondió inmediatamente.

—Supongo que las personas que están esperando que resolvamos esos problemas.

Seguimos conversando hasta reunir varias conductas que, de una u otra manera, contradecían su objetivo declarado.

Cuando terminó de leerlas, guardó silencio.

—Visto así, no nos vemos muy bien.

—¿Qué estás viendo?

—Que en realidad actuo pensando más en la próxima elección que en los problemas del país.

—¿Y qué te pasa al reconocerlo?

—No me gusta.

—¿Qué es lo que no te gusta?

—Que es bastante cierto.

 

Lo que está en juego

Le propuse detenernos en una de las situaciones que había mencionado.

—Imagina que mañana tienes que pronunciarte sobre una medida que consideras necesaria para Chile, pero que sabes que será muy impopular. Esta vez decides respaldarla y explicar públicamente tus razones, aunque te cueste apoyo. ¿Qué temes o preocuparía que ocurriera?

—Que me hagan pedazos.

—¿Quiénes?

—La oposición, las redes, incluso gente de mi propio sector. Siempre hay alguien esperando que te equivoques.

—¿Y qué más?

—Podría perder respaldo. Quedar debilitado.

—¿Y si eso ocurriera?

—Podría perder la elección.

—¿Qué significaría para ti perderla?

Respondió casi de inmediato.

—Quedar fuera.

—¿Y qué tendría de difícil quedar fuera?

—Perder capacidad de influencia. No participar en las decisiones. Todo lo que he construido...  Sentir que dejo de pertenecer.

Se interrumpió.

—¿Qué más?

—Bueno, también está lo económico.

—Cuéntame.

—Mira, uno tiene una forma de vida, responsabilidades, compromisos. No es tan fácil salir de un mundo al que has dedicado tantos años.

—¿Qué sería lo más difícil?

Tardó bastante más en contestar.

—No sé si sabría qué hacer.

—¿A qué te refieres?

—A que llevo muchos años en política. Aquí conozco a la gente, sé cómo funcionan las cosas. Tengo una trayectoria. Pero afuera...

No terminó la frase.

—¿Afuera qué?

—Afuera tendría que empezar de nuevo. Buscar trabajo, generar ingresos de otra manera. No sé qué tan fácil sería.

—¿Y qué crees que eso diría de ti?

Frunció el ceño.

—No entiendo la pregunta.

—Si dejaras de tener un cargo de elite, si no pudieras recurrir a tus contactos, si tuvieras que construir una actividad profesional fuera de la política, ¿qué sería lo más difícil de enfrentar?

Se quedó mirando la mesa.

—Quizás descubrir que no soy tan importante ni competente como creo.

No dije nada.

—Suena feo, pero es así —continuó—. Uno se acostumbra a que lo llamen, a que lo escuchen, a que lo inviten a reuniones. A que tu opinión importe. A participar en fiestas y cocktails.

—¿Y si todo eso desapareciera?

—Sería duro.

—¿Por qué?

—Porque sentiría que ya no soy nadie.

Se produjo un silencio largo.

El teléfono vibró. Lo miró de reojo, pero esta vez no lo tomó.

 

El compromiso que no aparece en los discursos

Volvimos a la hoja.

—Al comienzo escribiste que querías poner el interés del país por delante de tu conveniencia política.

—Sí.

—Y ahora hemos visto varias situaciones en las que terminas haciendo justamente lo contrario.

—Así parece.

—Quiero proponerte que miremos esas conductas desde otro lugar. No como simples errores o falta de voluntad. Imagina que, de alguna manera, están cumpliendo una función importante para ti.

—¿Qué función?

—Eso es lo que me gustaría que descubrieras. ¿Qué estás tratando de proteger cuando actúas así, yendo en contra de tu objetivo declarado en esta sesión?

Pensó un momento.

—Mi posición, supongo.

—¿Algo más?

—Mi carrera, mis ingresos.

—¿Y eso que mencionaste hace un rato, sobre dejar de ser alguien importante?

Bajó la mirada.

—También.

Le pedí que intentara expresar aquello como un compromiso personal.

No le resultó fácil.

Primero escribió que quería mantener la estabilidad necesaria para seguir contribuyendo al país.

Leyó la frase y luego me miró.

—Vas a decir que estoy dando vueltas.

—¿Tú qué piensas?

Sonrió.

—Que estoy dando vueltas.

Tachó lo que había escrito.

Volvió a intentarlo.

Finalmente dijo:

—Estoy comprometido con mantener mi posición, mi seguridad económica y el reconocimiento que tengo.

—¿Incluso cuando eso entra en conflicto con lo que dices querer hacer por Chile?

No contestó.

Esperé.

—Sí —respondió finalmente—. Incluso entonces…   ¡No quiero perder mis privilegios!

Silencio y se echa para atrás en el sillón, como si hubiera realidad un ejercicio de alto esfuerzo.

—¿Qué descubres al escuchar tus propias palabras?

—Que tengo dos compromisos que no siempre son compatibles.

—¿Cuáles?

—Uno es servir al país. Y el otro es proteger todo lo que tengo. Mis privilegios—mencionó nuevamente.

—¿Y cuál termina ganando cuando entran en conflicto?

Se pasó una mano por la cara.

—Ya sabes la respuesta.

—Me interesa que la digas tú.

—El segundo.

 

El miedo detrás del poder

Quisimos profundizar un poco más.

—¿Qué tendría que ser cierto para ti para que mantener tu posición se volviera tan importante?

—Que perderla sería un desastre.

—¿Un desastre en qué sentido?

—En muchos. Económico, personal, profesional.

—¿Y estás seguro de que sería así?

—No. Seguro, no.

—Entonces, ¿qué estás suponiendo?

Se quedó pensando.

—Que si salgo de la política voy a perder mi estabilidad. Y probablemente una parte importante de mi identidad.

—¿Tu identidad?

—Sí. Hoy soy alguien porque ocupo un lugar. Porque tengo influencia, porque me conocen.

—¿Y quién serías sin ese lugar?

Sonrió con cierta incomodidad.

—Buena pregunta.

Esperé.

—No tengo una respuesta —dijo finalmente.

—¿Y qué te pasa con eso?

—Me asusta.

No intenté tranquilizarlo.

Le pregunté si podía resumir en una frase aquello que estaba dando por cierto.

Después de conversarlo, escribió:

«Si pierdo mi lugar en el poder, también puedo perder mi seguridad económica, privilegios y buena parte de lo que me hace sentir importante».

Se quedó mirando la frase.

—Es fuerte verlo escrito.

—¿?

—Porque nunca lo había puesto así. Yo siempre he dicho que necesito estar en política para seguir aportando. Y de verdad creo que puedo aportar.

—No tenemos por qué poner eso en duda.

—Pero también hay algo de todo esto que tiene que ver conmigo. Con lo que necesito, con lo que temo perder.

—¿Y qué tan dispuesto estás a descubrir si ese supuesto es realmente cierto?

Volvió a mirar la hoja.

—No mucho, Rodrigo. No mucho.

 

¿Y quién paga el costo?

Hasta ese momento habíamos hablado principalmente de él. De sus motivaciones, sus temores y de aquello que estaba intentando proteger.

Quise abrir otra dimensión de la conversación.

—Hay algo que todavía no hemos explorado.

—¿Qué cosa?

—Hemos visto lo que tú podrías perder si cambias. Pero ¿qué ocurre si no cambias?

—¿A qué te refieres?

—A las consecuencias de seguir tomando decisiones de esa manera. No para ti. Para las personas a quienes dices representar.

Se quedó callado.

—Bueno, se postergan cosas.

—¿Como cuáles?

—Reformas, proyectos, decisiones que sabemos que hay que tomar.

—¿Y qué significa eso para alguien que no está sentado aquí?

Pensó un rato.

—Significa que hay problemas que no se resuelven. Que las personas siguen esperando soluciones.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto nosotros seguimos discutiendo, negociando, calculando.

—¿Qué sucede con la confianza de esas personas?

—Se deteriora.

—¿Y cuándo se deteriora?

—Cada vez cuesta más que nos crean. Incluso cuando estoy proponiendo algo que sí vale la pena.

—¿Qué responsabilidad tienes tú en eso?

Se quedó mirando hacia la ventana.

—Bastante más de la que me gustaría reconocer.

Después agregó:

—Lo absurdo es que nosotros mismos estamos contribuyendo a destruir aquello que necesitamos para seguir haciendo política.

—¿Cómo así?

—Si la gente deja de confiar en las instituciones, si empieza a creer que todos somos iguales y que estamos ahí solamente para beneficiarnos, tarde o temprano esto termina mal.

—¿Qué sería terminar mal?

—Que aparezca alguien que prometa acabar con todo. Que la gente prefiera cualquier alternativa antes que seguir confiando en nosotros. O que los problemas se acumulen tanto que ya no podamos resolverlos.

—¿Y eso qué tendría que ver con tu necesidad de mantenerte en el poder?

Se tomó unos segundos.

—Que al final también terminaría perdiendo lo que estoy tratando de proteger.

—¿Puedes explicarlo?

—Que mi propia seguridad depende de que las instituciones funcionen. Y, sin embargo, muchas veces tomo decisiones que contribuyen a debilitarlas.

—¿Qué haces con esa contradicción?

Movió la cabeza lentamente.

—No sé.

Por primera vez durante la sesión, pareció no tener una respuesta preparada.

 

Comprender no significa cambiar

Después de un silencio, le pregunté:

—¿Qué te llevas de todo esto?

—Más de lo que esperaba.

—¿En qué sentido?

—Vine pensando que tenía un problema de comunicación. Que necesitaba encontrar mejores maneras de llegar a la gente.

—¿Y ahora?

—Ahora veo que el problema no es solamente lo que digo. También es lo que hago. Y las razones por las que hago ciertas cosas.

—¿Qué te gustaría hacer con eso?

No respondió inmediatamente.

Miró la hoja. Después el teléfono.

—Te podría decir que voy a cambiar. Que desde mañana voy a empezar a tomar decisiones distintas.

—¿Y sería cierto?

Sonrió.

—No lo sé.

Esperé.

—Mira, Rodrigo, voy a ser bien franco contigo. Entiendo lo que estamos conversando. Entiendo que hay cosas que hacemos para proteger nuestros espacios y que eso tiene consecuencias para el país.

—Ya, ¿y?

—Pero no estoy dispuesto a perder todo lo que he construido.

—¿Qué significaría eso para el objetivo que escribiste al comienzo?

Volvió a leerlo.

«Quiero actuar con mayor coherencia y poner el interés del país por delante de mi conveniencia política».

Dejó la hoja sobre la mesa.

—Que todavía no estoy dispuesto a hacerlo hasta las últimas consecuencias.

—¿Y estarías dispuesto a poner a prueba alguna de las ideas que hemos explorado? No hablo de abandonar tu cargo ni de tomar una decisión irreversible. Quizás algo pequeño que te permita comprobar si las consecuencias que temes son realmente inevitables.

Negó con la cabeza.

—Por ahora, no.

—¿Qué te detiene?

—Que el riesgo sigue estando ahí. Y no quiero asumirlo.

No insistí.

—Entonces, ¿qué te gustaría hacer ahora?

—Necesito pensar cómo recuperar la credibilidad. Pero sin poner en peligro mi posición.

—¿Crees que eso es posible?

—En el corto plazo, sí. Podemos mejorar la comunicación, recuperar apoyo, hacer una buena campaña.

—¿Y en el largo plazo?

Esta vez respondió sin rodeos.

—Probablemente volvamos a lo mismo.

—¿Y eso te parece suficiente?

Miró su reloj.

—Hoy, sí.

Nos quedamos en silencio.

—¿Sabes qué es lo más incómodo de esta conversación? —me preguntó.

—¿Qué?

—Que ahora me cuesta un poco más justificar ciertas cosas.

—¿Y qué harás con eso?

Tomó su teléfono y se levantó.

—No lo sé. Por ahora tengo que seguir.

Me agradeció la conversación.

Antes de salir, agregó:

—Tengo una reunión con el equipo de comunicaciones. Justamente para ver cómo recuperamos la confianza de la gente.

No dije nada.

Se despidió y cerró la puerta.

La hoja quedó sobre la mesa.

 

Una reflexión final

Durante varios minutos me quedé pensando en la conversación.

No habíamos acordado ninguna acción. Tampoco una próxima sesión.

Y aunque había ocurrido algo importante, no tenía motivos para pensar que su comportamiento fuera a cambiar.

Había reconocido algunas contradicciones, identificado los temores que estaban detrás de sus decisiones y comprendido parte del costo que esas decisiones tenían para el país.

Pero comprender no es lo mismo que cambiar.

A veces creemos que basta con tomar conciencia de algo para que nuestra manera de actuar se transforme. Mi experiencia acompañando líderes, ejecutivos, personas y equipos me ha mostrado que no necesariamente es así.

Podemos comprender perfectamente qué estamos haciendo, por qué lo hacemos y cuáles son sus consecuencias, y aun así decidir mantenernos donde estamos.

Porque cambiar no consiste solamente en reconocer un problema. Muchas veces implica estar dispuestos a perder, o al menos a poner en riesgo, algo que valoramos profundamente.

En esta ficción, el personaje llegó buscando recuperar la confianza ciudadana. Terminó descubriendo que recuperar la confianza de manera duradera podía exigirle decisiones que amenazaban su propia seguridad.

Y decidió no asumir ese riesgo.

No sé cuántas personas que ejercen la política podrían verse reflejadas en esta historia. Tampoco sería justo suponer que todas actúan movidas por los mismos temores o intereses. Hay quienes han demostrado una auténtica vocación de servicio y han asumido costos personales importantes por defender sus convicciones.

Pero la ficción me permite plantear una pregunta que considero relevante.

¿Qué ocurre cuando quienes tienen la responsabilidad de conducir un país necesitan proteger tanto su lugar en el poder que terminan evitando las decisiones que ese mismo país necesita?

Y hay otra pregunta, quizás todavía más incómoda:

¿Cuánto de aquello que llamamos falta de voluntad para cambiar es, en realidad, una profunda falta de disposición a perder lo que tenemos?

No es una pregunta exclusiva de los políticos.

De alguna manera, todos podemos encontrarnos en esa contradicción.

La diferencia está en que, cuando quien decide no cambiar tiene poder sobre la vida de millones de personas, las consecuencias de su decisión dejan de ser solamente personales.


Nota sobre la metodología

Esta conversación es una ficción inspirada en el modelo de Inmunidad al Cambio, desarrollado por Robert Kegan y Lisa Lahey.

El modelo permite explorar por qué una persona puede declarar sinceramente que desea cambiar algo y, al mismo tiempo, mantener conductas que van en contra de ese objetivo.

A través de cuatro dimensiones —objetivo de mejora, conductas contraproducentes, compromisos competidores y grandes supuestos—, busca hacer visible el sistema de protección que puede estar dificultando el cambio.

En este relato, el personaje descubre que su compromiso con el servicio público convive con otro compromiso: preservar su seguridad económica, su posición y su sentido de relevancia.

La conversación también muestra un límite importante del coaching. El coach puede acompañar a una persona a observar sus contradicciones, pero no puede decidir cambiar por ella.

Reconocer una inmunidad no significa necesariamente estar dispuesto a desafiarla.

Contexto y referencias

Esta ficción no pretende diagnosticar individualmente a quienes participan en la política chilena ni atribuirles de manera generalizada conductas indebidas. Su propósito es explorar ciertas tensiones entre el discurso de servicio público, la preservación del poder y la responsabilidad personal.

Las mediciones de confianza institucional, como la Encuesta CEP 96, aportan contexto sobre la relación entre ciudadanía e instituciones políticas, pero no permiten inferir por sí solas las motivaciones individuales de quienes ejercen cargos públicos.

Referencias