Frases

“No se cambian las cosas combatiendo la realidad actual. Para cambiar algo, es necesario crear un nuevo modelo, uno distinto que haga que el actual modelo quede obsoleto".

Richard Buckminster Fuller

viernes, 29 de mayo de 2026

¿Por qué a pesar se saber lo que hay que cambiar, no lo hacemos?

Tuve una cliente que durante meses me decía lo mismo en cada sesión:

"Sé que necesito delegar más. Si no lo hago, voy a seguir siendo el cuello de botella de toda la empresa."

Lo sabía con total claridad. Tenía la convicción, la voluntad y el argumento racional perfectamente articulado.

Y sin embargo, semana a semana, seguía revisando cada correo antes de enviarlo, aprobando cada decisión menor, controlando cada detalle del trabajo de su equipo.

No era ignorancia. No era falta de disciplina. Era algo mucho más profundo, y también mucho más interesante.

Ronald Kegan y Lisa Lahey, psicólogos del desarrollo adulto de Harvard, de quienes tuve la fortuna de ser su alumno, llevan años estudiando exactamente este fenómeno. Lo llaman "Inmunidad al Cambio", y su explicación me parece una de las más honestas y útiles que he encontrado sobre por qué la gente no cambia, incluso cuando genuinamente quiere hacerlo.

El mapa de la inmunidad

La premisa es simple pero poderosa: cuando no logramos cambiar algo que declaramos querer cambiar, generalmente no es porque seamos flojos ni porque nos falte motivación. Es porque, en algún nivel más profundo, estamos haciendo todo lo posible por no cambiar. Hay algo que nos protege del cambio, algo que Kegan y Lahey llaman "compromiso oculto" que "compite" con el objetivo deseado.

En el caso de mi cliente, el compromiso declarado era claro: delegar más. Pero debajo de ese compromiso había otro, invisible, que lo cancelaba: "Necesito asegurarme de que nada salga mal." Y detrás de ese compromiso competidor vivía un supuesto o creencia poderoso: "Si algo sale mal bajo mi gestión, la responsabilidad es mía, y las consecuencias serían inaceptables."

Kegan y Lahey llaman a esas capas más profundas "Big Assumptions" — grandes supuestos — que operan como verdades absolutas aunque nadie las haya probado como tales. Son creencias tan arraigadas que ni siquiera las cuestionamos: simplemente actuamos desde ellas, como si fueran hechos del mundo en lugar de interpretaciones que construimos, a veces en la infancia, y que nunca hemos revisado.

El error de los cambios de hábito

Lo más interesante — y lo que diferencia este enfoque de la mayoría — es que no propone simplemente "cambiar el hábito" ni "ponerse metas más claras" ni "comprometerse más". Propone algo distinto: explorar los supuestos que sostienen el comportamiento que queremos cambiar, y diseñar pequeños experimentos que permitan ponerlos a prueba de manera segura.

Mi cliente no necesitaba más disciplina para delegar. Necesitaba descubrir si realmente era cierto que, cuando algo saliese mal, su mundo se derrumbaría. Y cuando empezó a hacer ese experimento — a delegar decisiones pequeñas y observar qué pasaba — algo comenzó a moverse. El supuesto empezó a perder fuerza. Descubrió que su equipo podía tomar buenas decisiones sin ella, y que los errores, cuando ocurrían, eran manejables.

Ese descubrimiento no llegó de una conferencia motivacional ni de un libro de hábitos. Llegó de la experiencia directa. De probar el supuesto en la realidad, en la práctica.

La inmunidad organizacional

Este modelo tiene una implicancia enorme para quienes ejercen liderazgo en organizaciones. Porque no solo aplica a las personas: aplica a los equipos y a las culturas enteras.

Una organización que dice querer innovar, pero donde nadie se atreve a proponer algo nuevo por miedo al juicio, tiene una inmunidad organizacional al cambio. El compromiso declarado con la innovación coexiste con compromisos ocultos — no hacer el ridículo, no cuestionar al jefe, no diferenciarse demasiado del grupo — que lo hacen imposible en la práctica.

La gestión del cambio tradicional suele ignorar esto. Se centra en diseñar el proceso de cambio, comunicar la visión, capacitar a las personas. Y todo eso es necesario, pero profundamente insuficiente. Sin entender las inmunidades — tanto individuales como colectivas — estamos interviniendo en la superficie de algo que tiene raíces mucho más profundas.

El diagnóstico es el punto de partida

La buena noticia es que la inmunidad al cambio no es una condena. Es un diagnóstico. Y como todo diagnóstico bien hecho, abre posibilidades que antes no existían.

Cuando mi cliente pudo ver claramente su mapa de inmunidad — compromiso declarado, comportamiento bloqueador, compromiso oculto, gran supuesto — fue como encender una luz en una habitación oscura. Seguía siendo incómodo. Pero ya no era un misterio.

Y ahí, en ese momento, comenzó el verdadero trabajo de cambio.


¿Cuál es el cambio que llevas tiempo queriendo hacer y que, por alguna razón, no ocurre? ¿Qué es lo que realmente estarías comprometiendo a perder si lo lograras?

Esa pregunta incómoda puede ser la puerta.

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